Comenzó a destacar como escritora en la década de los setenta con sus artículos y relatos breves en diversas revistas de prestigio, como The New Yorker, donde todavía sigue colaborando. Sus obras, dotadas de un humor ácido y una ironía mordaz, reflejan a la perfección la desilusión de los jóvenes de clase media-alta que crecieron durante los años sesenta.